Un tintineo de alarma matutina insiste en despertar mi mente. Me empuja a levantarme, pronto, con los párpados aún semi cerrados tras la resaca de Morfeo.
El agua, resbalando sobre mi piel, me va sintonizando el cuerpo y, un socorrido desayuno, me conecta de nuevo a una percepción más consciente.
Sentada frente a una funcional mesa, mi teléfono móvil se transforma en mi quinto elemento. Aprovecho el momento para dar un repaso a las notificaciones que, desde última hora de la noche anterior o primera del amanecido día, se suceden en cadena y reclamando atención.
Un día más leer WhatsApp, correos, noticias... se convierte en pura rutina.
Casi, un sorbo de café y un vistazo rápido por la pantalla del celular, se convierten en actos automáticos. Ambos concentrados en intensidad.




