miércoles, 6 de mayo de 2020

52. Crónicas de un encierro involuntario.

52.

Desde la ventana


Mi vida ha cambiado profundamente desde que se decretó el estado de alerta. Hasta ese momento, era genuina y auténtica. Siempre he sido sociable pero la vida me ha recluido y tengo una interacción limitada que varía según sea mi ubicación. Más bien, me considero solitario. Me gusta estar a mi rollo. Soy adoptado y, desde pequeño, cohabito en este hogar donde comparto espacio con dos personas más.
Nos llevamos bien. Cada quién hace su vida y no nos incordiamos, ni en exceso ni de forma constante. Yo diría que la convivencia es aceptable, incluso bastante afectiva, más de lo que realmente necesito. 
Como cada uno de nosotros tiene su propia personalidad, los tiempos de interacción son variables, coincidiendo poco, excepto el fin de semana, que suele ser intenso.
Así me monté la vida, con lo esencial. Tengo un poco de mal genio, a veces, y me gusta que me incordien un poco, lo justo para no dejar de jugar y corretear. Pero todo tiene su límite y este encierro me está llevando al confín de mi paciencia.
Siempre me han gustado las alturas desde donde observo con atención mi alrededor. Me gustan mi ventana -la que da al patio de la urbanización- y mi biblioteca del salón.
Desde que este estadio temporal de confinamiento se hizo efectivo, mi paz se ha reducido. Inicialmente, no entendía cómo ese primer fin de semana se hacía tan largo. 
A mí me da igual el tiempo, aunque miraba girar las manillas del reloj y mi cálculo horario era confuso.
¿Por qué no se van estos ya? ¿Qué esta pasando en esta casa? ¿A qué se debe esta comuna constante sin saber cuándo se va a dar fin? ¿Qué está pasando para que se acepten cambios de rutinas tan dispares? Este tipo de pensamientos afloraban a mi mente sin cesar. 
Desde mis puntos estratégicos, oteo. Lo que antes era mi territorio en el que campaba a mis anchas, está asediado. Reunión tras reunión. Un montón de voces de personas que no veo ni huelo. Día tras día. Me frustra que vengan a alterar mi calma interior. ¿No se dan cuenta? ¿Quiénes son esas voces que penetran mis tímpanos?¿Cuando piensan parar esta irrupción? ¿Me estoy obsesionando con sus vidas? Lo que se inició con cierta curiosidad y alegría, por no estar tan solo, me sobrecarga.
Muchas cosas que ocurren, me sorprenden. Antes del anochecer, un ensordecedor tumulto estalla al otro lado de la ventana. Todos los días a la misma hora. No entiendo qué pasa y miro atónito la cantidad de vecinos que bailan -arrítmicos- al son de cualquier música que tenga la capacidad de romper los tímpanos y que -cada día- aumente en decibelios, presuponiendo una constante tolerancia auditiva del resto de residentes, a tenor del dudoso gusto musical del líder del descompasado grupo comunitario.
Tengo que aceptar que como a diario, pero ya antes era mi derecho. ¿Por qué ahora se ha convertido en algo que tengo que agradecer? Estar vivo, se ha convertido en un regalo y llego a escuchar la misma noticia que mata a diario. Se incrementan las defunciones de forma alarmante y la vida es un riesgo por contagio. 
Es como si no fuese conmigo, pero hasta he llegado a temer contaminarme, rumiando ciertas ideas y extremando las medidas de seguridad. Sin salir de casa, protegiéndome mentalmente y analizando d forma concienzuda cada paso que evite propagar la infección.
Cuando estoy en el salón, quiero ver una peli y que se acaben las ininterrumpidas noticias escabrosas que escuchan estos, al final del día. Necesito arrumacos y compañía, ahora que están aquí conmigo, rompiendo esa presencia intermitente. Yo me adapto a su invasión espacio-temporal y ellos siguen ignorándome por largo tiempo, tan ocupados como están con sus portátiles cargados de aplicaciones varias. No se inmutan, ni contoneando mi culo por delante de sus narices. Es tremenda la situación. Y cuando me frustro, muerdo. ¿No ven que necesito atención? Mejor se fuesen a la oficina… Estoy harto de ver truncadas mis libertades y mi espacio vital. Solo me sale la agresividad y las ganas de que me dejen en paz. Reconozco que mi aislamiento no es la mejor opción en una convivencia... pero ¡que les den!
Envidio a muchos que veo paseando libres por la calle. En un cotilleo vecinal, ha llegado a mis oídos que muchos de los que veo pasar, son abandonados. Parece ser que un virus entró en sus casas, expulsándoles. Creo que tengo suerte que aquí no haya llegado. Por lo escuchado, es devastador. Me da miedo, pero cuando me abrazan, se me va (como la mayoría de los miedos irracionales que se curan con dosis de amor).
Estoy extenuado y sin fuerzas. Antes corría, saltaba, perseguía cualquier indicio de movimiento con mi mirada y ahora… Quiero salir de aquí. Quiero mi arrebatada libertad. Quiero recuperar cada uno de los derechos que tanto se tardaron en conseguir. Quiero volver a decidir y elegir mi vida. 
Y volver al mar... Ver el brillante azul de las olas y sentir la brisa libre correr por cada uno de los pelos de mi cuerpo y cerrar los ojos mientras se me erizan los bigotes olfateando el viento de levante, cual capitán de barco...

Firmado: Yo, el gato Hermes.

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